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PRIMERO, HAZ CUENTAS

Supongamos que alguno de vosotros quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el costo, para ver si tiene suficiente dinero para terminarla? Si echa los cimientos y no puede terminarla, todos los que la vean comenzarán a burlarse de él, y dirán: “Este hombre ya no pudo terminar lo que empezó a construir”.
Lucas 14:28-30.

El que no haya suficiente dinero para suplir las necesidades reales del hogar es un problema universal. Los deseos humanos suelen superar los ingresos. Nunca tendremos dinero de sobra. La cuestión básica que debe considerar la familia se refiere al mejor método de manejar y controlar el dinero disponible para que los gastos se limiten a sus ingresos.
Muchos han sostenido que todo el problema puede resolverse estableciendo un presupuesto familiar. El presupuesto es un plan a corto plazo de cómo gastar el dinero basado en los ingresos y gastos de los años o meses anteriores. El secreto para cumplir un presupuesto depende del control con que se ponga en práctica. Debe ser flexible, pero real, y debe contemplar todos los gastos posibles para suplir las necesidades de los miembros del hogar, teniendo en cuenta que los gastos nunca excedan a los ingresos.
Todos los miembros de la familia deben participar en estos acuerdos, particularmente el matrimonio. Si no hay hijos, o si son muy pequeños, el manejo de las finanzas debe ser administrado en armonía con un acuerdo mutuo elaborado por los esposos. Es muy bueno que, tan pronto como los niños lleguen a una edad en que puedan comprender algo del valor del dinero, se les asocie en la elaboración del presupuesto familiar. Ello encierra un doble propósito:
-Les da una percepción de lo que debe ser el equilibrio entre los ingresos y los gastos y asegurará su cooperación en el manejo de los fondos familiares.
-Los educa para el tiempo en que se vean obligados a administrar sus propios asuntos financieros y para cuando ellos tengan su propio hogar.
Los mejores hogares no son necesariamente los que más dinero gastan, sino aquellos en los cuales reina un espíritu de armonía cristiana, y donde los integrantes de la familia están dispuestos a privarse, si es necesario, de todo aquello que el dinero puede comprar, a fin de asegurarse permanentemente virtudes como la fe, el amor verdadero y la esperanza eterna.

Soledad Campos de Murillo