CLAMA A MÍ, Y YO TE RESPONDERÉ

By 3 diciembre, 2018 Meditaciones Diarias

Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes

y ocultas que tú no conoces (Jeremías 33:3).

La nieve cayó rápida y pesadamente, cubriendo la superficie con su belle­za. Pero luego, se derritió y dejó todo sucio y creó problemas para esta­cionar. Las ráfagas heladas de viento congelaron los residuos de nieve al caer la noche. Al regresar a casa, oré para poder encontrar un estacionamiento. ¡Sí! Había dos mujeres quitando la nieve para poder estacionar su auto; pero se estaban yendo. Me ofrecí a ayudarlas, y aceptaron mi oferta gustosamente; pero pronto se fueron llevándose consigo las palas.

Helada y entumecida entré en la casa. Pero, ¿qué pasaría al día siguiente? La rueda trasera derecha del auto quedó sobre un montículo de nieve y el guardabarros casi tocaba el auto junto al mío. El hielo y la nieve se congela­rían, y mi auto chocaría contra el otro. ¿Qué debía hacer?

Pesadamente caminé por el departamento y caí de rodillas en mi habita­ción. “Señor”, oré, “¿qué debo hacer? Nadie puede ayudarme y debo ir a tra­bajar por la mañana. ¿Cómo voy a hacerlo? La nieve se congelará esta noche, y ¿cómo voy a sacar el hielo de la rueda? Va a estar muy duro, y no tengo la suficiente fuerza como para hacerlo. Además, ¡hace mucho frío!”

Sentí la necesidad de salir y quitar la nieve. “Pero Señor, protesté, las mu­jeres se llevaron las palas, y yo no tengo ninguna”.

¿Acaso habían regresado las palas? No. Sin embargo, al mirar por la ven­tana vi que había otras personas quitando la nieve, usando palas similares. Animada, vi que un hombre acababa de terminar, así que le pregunté si podía usar la pala. Comencé a quitar el hielo y el hombre se ofreció a ayudarme, y comenzó a trabajar.

Luego, mi benefactor se subió al auto y lo movió de lugar, alejándolo del otro auto. Para mi asombro, otro hombre llegó y desocupó el lugar que yo había limpiado el día anterior. ¡El lugar más limpio de nieve de todo el esta­cionamiento! ¡Fue maravilloso! Me subí al auto y ocupé ese lugar.

La mañana siguiente llegué a tiempo al trabajo, sin preocupaciones. ¿Acaso no nos prometió el Padre: “Clama a mí, y yo te responderé”?

Audre B. Taylor