Dios no desampara a ninguno de sus hijos

“Pero Dios es fiel, y no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir” (1 Corintios 10:13).

 

Transcurrían los primeros meses del año 1999, mi esposo y yo teníamos todo lo que cualquier familia joven anhela tener, éramos felices, teníamos dos hijos sanos y hermosos, un trabajo bien remunerado, una casa bonita y grande, y cada uno de nosotros contábamos con automóvil. Cualquiera que nos conocía podría haber pensado que no nos faltaba nada, pero pronto vendrían algunos problemas que terminarían con el bienestar que teníamos en ese momento.

El dueño de la empresa en la que yo trabajaba murió repentinamente, me quedé sin trabajo a la mitad del año. Tres semanas después mi esposo también perdió su trabajo. Por problemas que más tarde se suscitaron, perdimos la casa en la que vivíamos, la tensión que estábamos viviendo nos hizo enfermar de colitis nerviosa.

Estábamos a punto de perder nuestra familia, porque eran tantos los problemas, que pensamos separarnos para que cada uno por su lado intentara salir de la crisis por la que estábamos pasando. Pero los males no terminaron ahí, fuimos demandados por un delito que no habíamos cometido. Parecía que Dios nos había dejado a la deriva.

Mi hermana Amelia y mi mamá al ver por la crisis que atravesábamos decidieron que ayunarían cada sábado hasta que las cosas comenzaran a mejorar, ellas hablaban constantemente conmigo y me decían que no me olvidara de Dios, que Él nunca me desampararía y que no permitiera que mi fe desfalleciera. Amelia me ofreció su departamento para vivir en él mientras encontrábamos donde vivir.

El tiempo pasaba y parecía que la solución no llegaba. Una madrugada decidí orar. Le pedí a Dios que se hiciera efectiva en mí, la promesa de que no sería tentada más de lo que pudiera resistir.

Poco tiempo después encontramos trabajo mi esposo y yo, cerca del departamento donde ahora vivíamos. El proceso de la demanda duró casi un año. Pero finalmente gracias a Dios, fuimos absueltos. Han pasado seis años desde entonces, el Señor nos dio más de lo que nosotros teníamos antes. Agradezco a Dios por las bendiciones derramadas en mi familia.

Dios cumple siempre sus promesas y nunca permitirá que una de sus hijas quede en el desamparo. Pon tu vida en sus manos y espera siempre en Él.

 

Fabiola Pérez Soriano