Dios te hizo un milagro

“Dios oyó la voz del muchacho en donde está. «Levántate, alza al muchacho y sostenlo con tu mano, porque haré de él una gran nación” (Génesis 21:17-18).

 

Una tibia mañana de noviembre recibí de mi madre una ansiada llamada telefónica. Tu hermana está por dar a luz. Yo me encontraba en otra ciudad, y quedé en espera de noticias del bebé.

Pero empezaron a transcurrir las horas y no había noticias. El doctor la revisaba y la regresó varias veces, argumentando que no era el momento todavía, pero ella no se alejaba de allí y volvía para que la atendiesen.  Pero le mencionaron que por ser primeriza ella estaba exagerando, mas con súplicas mencionó que ya había pasado mucho tiempo, pero de todos modos no hubo respuesta.

Sintiendo que ya no podía más, tuvo que esperar el cambio de turno de la noche, y cuando el doctor en turno la revisó, con palabras de reprensión le dijo: “¿por qué no vino antes?, el parto ya se le pasó”.

Con urgencia la prepararon para intervenirla y fue la primera operación de 15 cesáreas que ya estaban programadas. Debido a la emergencia, la operaron primero.

Mi hermana esperaba con ansias recibir a su bebé en brazos para acariciarlo, besarlo y amamantarlo, pero llegaba uno y otro y cada madre lo recibía con enorme alegría, pero el suyo no llegaba. Empezó a inquietarse, pero de repente, una doctora atravesó la puerta y con fría respuesta le comunicó que el bebé no lo traían porque estaba en terapia intensiva; el diagnóstico: parálisis cerebral.

Mi hermana perdió el sentido en ese instante, era mucho dolor para un solo momento. Después de un tiempo, despertó y estaba a su lado una afanadora que la consoló y aún más, lloró con ella.

El niño quedó hospitalizado; y en oración y con una profunda tristeza pedimos a Dios por él. La iglesia se unió a nuestro ruego. A nombre de la institución médica pidieron disculpas a mi hermana y reconocieron que había sido negligencia médica y que se responsabilizaban de la terapia del niño de por vida.

Una mañana, al llegar al hospital, encontró un doctor al lado del niño que no había visto en otra ocasión y se dirigió hacia ella y le dijo que en los estudios recientes no salía ninguna lesión cerebral y que era inexplicable. Ella respondió que habían orado a Dios y era un milagro.

Con gratitud puedo decir que este pequeñito alaba a Dios y esto nos recuerda que Dios nunca falla.

 

Rebeca López de Pérez