“¡Dichosos los que de aquí en adelante mueren en el Señor!  Cierto -dice el Espíritu-, descansarán de sus fatigas, porque sus obras los acompañan» (Apocalipsis 14:13 u.p.).

 

Hace algunos años asistí al sepelio de una dama cristiana. En la iglesia se invitó a que los amigos o familiares que quisieran decir una anécdota o dar algunas palabras de fortalecimiento a los deudos podían hacerlo.

Pasaron varias personas y entre las muchas cosas dijeron

               La hermana era una persona servicial.

               Dispuesta siempre a servir al esposo y a los demás

               Era una mujer muy callada

               Se distinguía por su prudencia

               Había abrazado su misión de cristiana

               Era una buena madre.

El pastor que dirigió el servicio fúnebre inició preguntando: ¿Si tuviéramos que hacer una epitafio a ésta hermana que le pondríamos?

Algunos asistentes al funeral se levantaron y dijeron los siguientes epitafios: Esposa amante, madre abnegada, fiel discípula, mujer que con su silencio habló mucho etc.

Te has puesto a pensar ¿cuál sería el epitafio que pondría sobre tu tumba tu esposo? ¿Tus hijos? ¿Tus familiares más cercanos? ¿Tus vecinos?

Si todo terminara para ti el día de hoy,  ¿que logros tienes que poner a los pies de Jesús?

Dios sigue llamando todavía a mujeres que tengan la pasión; que acepten la misión de ser madres cristianas de acuerdo a su voluntad.

Elena G. de White nos dice “que muchas madres alegan que tienen tanto que hacer, que no disponen de tiempo para educarse y educar a los niños para la vida práctica o enseñarles como llegar a ser corderos del rebaño” E.C. pág.23.

Ningún titulo académico, un trabajo exitoso o dinero en el banco podrá sustituir el amor de los hijos.

Nadie en su lecho de dolor y muerte desearía pasar más tiempo con sus negocios. Recuerda que en los momentos difíciles de la vida se hace la carga menos pesada cuando estamos rodeados de la familia.

¿Cuál quieres que sea tu epitafio?

 

Edilma de Balboa