Hambre y sed de amor

“Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber, fui forastero, y me recibisteis” (Mateo 25:35).

 

Desde que conocí a mi esposo me di cuenta que era muy amable y atento con todas las personas; cada vez que salíamos a pasear, algún indigente se acercaba y le pedía “algo” para comer. Al principio no le tomé mucha importancia, sin embargo, cada vez que miraba una de estas personas, no podía dejar de recordar el texto: “Porque tuve hambre y me diste de comer…”

Cuando nos casamos, me dí cuenta de que dos o tres personas al día le pedían alimento, y el siempre, con una sonrisa en su boca, sin titubear, les ayudaba. Incluso en algunas ocasiones tocaban a la puerta para pedir ayuda. Sin embargo había algo que no entendía hasta ese momento, así que un día me puse a pensar por qué estas personas buscaban a mi esposo y no a mí.

Esa misma tarde me arrodillé y platiqué con Dios, deseaba que él me mostrara también a quién podía ayudar, quería saber por qué las personas acudían a mi esposo y no conmigo, si en años anteriores yo daba esa ayuda al que lo necesitara; por qué razón siendo una fiel cristiana a esas  personas necesitadas Dios las enviaba a mi esposo. Ese día por la tarde decidimos ir de compras al supermercado, mientras recorríamos los pasillos del almacén y mi esposo estaba lejos, un hombre se me acercó, traía una lata en sus manos y me dijo que tenía hambre, que si podía ayudarle con una moneda, mis ojos se llenaron de lágrimas, entonces recordé la conversación que hacía unas horas había tenido con Dios, me encontraba en ese momento ante su respuesta, miré el rostro de esa persona, se mostraba cansado, pero sobre todo muy hambriento; le pregunté que cuánto costaba la lata para darle el costo de ella, me sentí tan especial en ese momento porque Dios había contestado mi oración, y él sabía que mi corazón estaba dispuesto a ayudar.

A partir de ese incidente la mayoría de los días alguien viene a mí para pedirme que le ayude y lo hago con gusto, porque estoy segura de que Dios mira mi corazón dispuesto para dar. En un mundo tan inmenso, nos encontramos con cada persona necesitada que busca la manera de sobrevivir día con día; y al acercarse a nosotros esperan recibir un bocado de pan o recursos económicos para sustentar sus necesidades. Esas son oportunidades a nuestro alcance para ayudar a otros. “Por cuanto a uno de mis hermanos pequeñitos lo hiciste, a mi lo hiciste”.

Dios desea que ayudemos a los que lo necesitan. Pidámosle a él que nos muestre a esas personas. Anabel  Ramos de De la Cruz