La tiroides que obedeció la voz de Dios

“Busqué a Jehová, y el me oyó, y me libró de todos mis temores” (Salmo 34:4).

 

Corría el año de 1985, mi hijo mayor tenía seis años y mi bebé un año con ocho meses.  Una mañana mientras me cambiaba de ropa, mamá me veía y me dijo: “Deberías de checarte esa bolita que tienes en el cuello”. Me preocupé y me miré en el espejo buscando “la bolita”, pero no veía ni sentía nada. Después de que pasaron dos días, le pedí a un médico que me examinara el cuello; me dijo que no veía ni palpaba nada anormal, aún así empezaron a hacerme estudios y exámenes, y ¡oh, sorpresa el resultado de la biopsia fue positivo para cáncer! La recomendación inmediata del doctor fue que debía ser intervenida quirúrgicamente. “¿Se habrán equivocado?”, -le dije.

El cirujano después de revisar todo, me dijo que tenía que extirpar por lo menos el 75% de la glándula tiroides, por lo que iba a tener que tomar medicamento el resto de mi vida, y que además tenía el riesgo de que me cambiara la voz. Me programaron para el 8 de mayo y  el doctor dijo en son de broma: “oye como tú eres mamá, mejor  el 12 de mayo, después que pase el día de las madres”. Más preocupación y temor tenía de la cirugía.

Fue el 30 de abril cuando me dieron los resultados, ese día disfruté al máximo de mis hijos, aparentemente estaba muy feliz, pero mi corazón lloraba al pensar que tal vez no los podría disfrutar si yo no iba a estar bien.

Por la noche hablé por teléfono con dos de mis hermanos (tengo tres hermanas y cuatro hermanos) y les pedí que oraran por mí situación.

El día de la cirugía, después de que me recuperé, la instrumentista me comentó que se habían enviado a patología tres muestras de mi tiroides, y estas salieron negativas. Pero me habían dado anestesia para las cuatro horas que duraría la cirugía y me hicieron una herida muy grande. Y ¿sabes qué? No me quitaron mi tiroides, no tomo medicamentos, no me cambió la voz, solamente tengo el recuerdo por mi cicatriz. ¡Jehová me curó!

Por lo tanto quiero decirte que siempre, ante cualquier problema, búscalo y pide a otros que oren por ti. Hasta el día de hoy, vivo muy feliz sirviendo a mi Dios donde él me necesite.

Y recuerda el consejo del apóstol Santiago: “Por eso confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados, La oración del justo es poderosa y eficaz” (Santiago 5:16).

 

Enedelia García de Almaguer