NO HAY OTRAS PALABRAS

By 14 octubre, 2012 marzo 5th, 2014 Noticias

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria… Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan1:1-16)

 

 

¿C

ómo se puede explicar con palabras el fulgor maravilloso de la aurora boreal a medida que se entreteje entre las estrellas del cielo invernal del hemisferio norte? ¿O cómo se hace para escribir en forma de ensayo las sombrías realidades de alguna tragedia?

 

De hecho, hay numerosas veces en la vida cuando las palabras son tan inadecuadas como un cuchillo desafilado o un neumático pinchado.

 

Y así fue para mi cierto atardecer de otoño. Sonó el teléfono. Las palabras que transmitió el que llamaba eran concisas, rutinarias. Una amiga mía había fallecido. Repentinamente todas las palabras se me escaparon excepto aquellas.

 

Permanecían allí, altaneras y atrevidas, mientras hacían eco de su refrán. No había más que pudiera hacer para detener su canto fúnebre. “¡Pero ni siquiera ha estado casada un año! ¡Estaba tan llena de vida y esperanza!”.

 

Protesté en tiempo presente, a nadie en particular, a todos en general. Pero mi pena no tenía ningún poder especial. Después de todo eran sólo palabras, y es más, palabras sin valor, porque en momentos de gran emoción las palabras sólo bailan sobre la superficie del momento.

 

¿Qué verbo podría corregir esto? ¿Qué adjetivo podría usar para que alguien sintiera cómo se rompe mi espíritu o percibiera la mancha de lágrimas en mis ojos?

 

Hojas, olvidando sus ramas, cayeron a tumbos hasta el suelo. Mi corazón se hundió con ellas. Los gansos reunidos en los campos lejanos volaron de laguna en laguna, estando mi casa a mitad de camino entre sus destinos.

 

Nuestros llantos se elevaron juntos en un gris contra la leve y magra inclinación del atardecer.

 

La vida siguió. Pero no había palabras, salvo la que más anhelaba.

 

Verbo hecho carne, gracia sobre gracia, muévete en la profundidad de mi alma esta noche.

 

Lyndelle Chiomenti

Maryland, E. UNIDOS