“Bueno es el Señor con los que esperan en Él, para quien lo busca” (Lamentaciones 3:25).

 

Había pasado la estación lluviosa. Ese año había sido excepcional, porque llovió más que en otros años. La comunidad de “La Quema”  tenía cierta peculiaridad: el camino para entrar consistía  en seguir, durante 3 kms., el cauce de un río que en ese tiempo había crecido bastante. En la última parte del trayecto debíamos atravesar el río para llegar a nuestro destino.

Intentamos atravesarlo varias veces en el lapso de un mes, pero no pudimos. Así pasaron los días sin que  pudiéramos ver a los hermanos de esa región. Mi esposo, ya desesperado, dijo: “Tenemos que ir”. Yo estaba muy nerviosa, y tenía cierto temor de que la camioneta se quedara atascada, así que oré a Dios: “Señor, si es tu voluntad que entremos así será, y si no, tú nos lo indicarás”.  Iniciamos el recorrido y llegamos nuevamente a la última parte del río. Nos detuvimos para ver su tamaño y como no somos expertos, pensamos que podríamos pasar con el carro sin problemas. Arrancamos, cuando de pronto vimos unas personas a lo lejos y al momento de entrar al río, escuché unos gritos. Sujeté la mano de mi esposo y le dije: Espera. Escuchamos que gritaban “No pasen”. Nos dimos cuenta que eran unos niños de la iglesia, en el lado opuesto del río. No era común que a esas horas fueran a nadar, pero, ahí estaban, ya por irse a sus casas.

Nos reconocieron y dijeron que todavía no podían pasar carros, porque se habían quedado atascados y los tenían que sacar jalando. Agradecimos el consejo y su oportuna ayuda y emprendimos el viaje de regreso. Pero a medio camino, como el río había traído mucha arena, nos atascamos y no podíamos salir. Ya estaba oscureciendo y era muy raro que alguien pasara a esas horas.

Mi esposo dijo: “Pidamos a Dios y esperemos”. Así lo hicimos. Como a los diez minutos, dos muchachos en una camioneta venían de paso y nos ayudaron a salir, nos acompañaron hasta encontrar  la carretera, y esa noche, estaba tan impresionada de la respuesta pronta y exacta de Dios, que no pude contener mis lágrimas.

La oración es muy poderosa y Dios está siempre dispuesto a hablarnos, sólo es cuestión de que nos detengamos diariamente a escucharle. No leas entre líneas, detente y medita en su Palabra.

 

Joana Gómez de Ávila