“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto, sino que prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado por Cristo Jesús” (Filipenses 3:12).

 

Estamos a finales de agosto de 2004. En el mundo se están celebrando las olimpiadas con sede en la ciudad de Atenas, Grecia. Es muy interesante ver en TV las competencias, las situaciones difíciles a las que cada atleta se enfrenta. A veces hay frustración, otras veces hay llanto de impotencia o de fracaso y otras de decepción o resignación por no haber logrado el objetivo.

Para nosotros los espectadores, los que solamente vemos las diferencias entre un campeón y uno que no lo logró, son fracciones de minuto o diferencias de segundos, es un detalle mínimo lo que hace la diferencia.

Me he puesto a comparar la vida de los que nos llamamos “hijos de Dios”, que tenemos como objetivo estar más cerca de Dios y llegar a la meta, alcanzar la estatura de Cristo y ganar la corona de justicia; con la vida de los atletas.

¡Cuántos obstáculos enfrentamos! ¡Cuántas lágrimas derramamos! ¡Cómo hay veces que nos sentimos frustrados, decepcionados de nosotros mismos porque vemos muy alejada la meta propuesta!

Cuán reconfortante es que cada sábado nos reunamos con nuestros compañeros de equipo, con nuestros preparadores físicos, con nuestros amados y encontremos apoyo para seguir adelante.

El dueño del equipo es Dios, su Hijo es el entrenador, nos vino a poner el ejemplo y por medio del Espíritu Santo nos sigue aconsejando. La meta está cerca y el triunfo está asegurado.

Dios ha prometido darnos fortaleza para poder llegar a la meta, sin embargo eso no significa que el camino estará exento de algúnobstáculo, al contrario, significa que con su ayuda podremos vencer cada uno de ellos sin que estos signifiquen la derrota.

Digamos como San Pablo: “No considero que lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto, sino que prosigo por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado por Cristo Jesús… y prosigo a la meta, al premio al que Dios me ha llamado desde el cielo en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12 y 14).

 

Arminda Valles de De la Fuente

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