Tesoros del corazón

“La congoja abate el corazón del hombre; la buena palabra  alegra” (Proverbios 12:25).

 

Estaba  muy ocupada en mis labores domésticas, cuando tocaron a mi puerta. Al abrir me encontré frente a una mujer joven y elegantemente vestida, con la angustia reflejada en su rostro, preguntando por mi esposo.

Algo me impulsó a hacerla pasar a mi modesto hogar y le dije: Mi esposo no está, pero si en algo puedo ayudarle, tal vez podamos orar juntas. Me expuso su problema y después de darle algunas palabras de ánimo y consuelo, nos arrodillamos. Cuando puse mis manos sobre sus hombros noté que temblaba, al terminar de poner sus cargas y congojas en los brazos del amante Jesús, ella me abrazó y lloró desconsoladamente por un rato, después enjugó sus lágrimas  y una hermosa sonrisa apareció en sus labios y en sus ojos un brillo especial.

“Cuando Jesús estuvo sobre la tierra, enseñó a sus discípulos a orar. Les enseñó a presentar ante Dios sus necesidades diarias y a echar toda su solicitud sobre él. Y la seguridad que les dio de que sus oraciones serían oídas, nos es dada también a nosotros” (CC. Pág. 66).

Cuántas veces hemos tenido la oportunidad de dar aliento a alguien que está buscando tal vez la comprensión a sus problemas personales o familiares. Alguien que se sienta confundida y rechazada buscando una palabra de ánimo para disipar sus penas. No dudemos en brindarle la ayuda maravillosa que es la oración intercesora, para calmar su aflicción y para restaurar su corazón desfallecido.

La cortesía es una virtud que nos llena de satisfacción al reflejar de la mejor manera el ejemplo de Jesús.

He atesorado por mucho tiempo esta experiencia en mi corazón y le doy gracias a Dios porque ahora sé que, aquello que me impulsó a abrir no solo la puerta de mi casa, sino también la de mi corazón, fue su Santo Espíritu. Quien tiene misericordia no solamente de mí, sino de todas aquellas personas con quienes nos relacionamos.

Querida amiga, deja que hoy el Espíritu Santo te dirija  y hermosas experiencias quedarán atesoradas también en tu corazón.

 

María Esther Quintana de Alemán