¿Virtud o defecto?

“El cuál pagara a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que perseverando en hacer el bien, buscan gloria, honra e inmortalidad” (Romanos 2:7).

 

¿Qué es lo primero que piensas cuando escuchas la palabra perseverancia? Probablemente en las muchas cosas que lograrías en la vida si la practicaras; pero, ¿será que esta virtud puede llegar a ser un estorbo para nuestra vida espiritual?

Cuenta una fábula que después de una corrida de toros, se juntaron en el corral de Antón, un gran novillo y un toro de seis años que muchas veces había servido en las labores agrícolas. Los dos habían lidiado juntos; y por esta razón eran amigos.

Al encontrarse, pronto se reconocieron. El novillo se quedó admirado al ver al toro y después de saludarlo le dice: “Escucha, compañero, ¿Por qué causa, si a los dos nos lidiaron en la plaza, saqué más agujeros que una criba y tú saliste con el pellejo limpio?” Entonces el toro con voz grave le responde: “Porque yo ya soy viejo, mi estimado amigo, conozco la garrocha, me ha picado, y al que miro con ella jamás embisto. Tú haces lo contrario, sin experiencia, como toro novato y presumido, sin conocer el daño que te amenaza, te arrojas a cualquier precipicio; y por esta razón con agujeros ha salido tu piel, y yo estoy limpio”.

El novillo al haber escuchado tan sabio consejo, no tuvo más que agradecer y prometer al toro no olvidar sus palabras.

En cuántas ocasiones actuamos como el novillo;  insistimos en hacer lo que sabemos que nos traerá graves consecuencias, argumentando frases como: “Es que ya lo intenté y no puedo” o “todos los días le pido a mi Dios que me ayude” como si el Señor no pudiera liberarnos de nuestras cadenas. Esto es sólo presunción no cristianismo. Nuestro Dios nos ama y está dispuesto a darnos la victoria siempre; solamente tenemos que perseverar en hacer su voluntad sabiendo que “Él sabe el fin desde el principio”.

 

Verónica Izábal de Suárez